domingo, 4 de octubre de 2015

La cucaracha y la procastinación

Con gran esfuerzo pude lograr tomar la determinación de bañarme de una vez, ahora mismo y no después. Pero al abrir la mampara de la ducha me encuentro con una enorme cucaracha que está tratando de escapar de la bañera. Intenta trepar con sus enormes e inquietas patas pero resbala. Va de un extremo al otro de la bañadera, incansable, persistente. Si bien  las cucarachas no me dan asco ni miedo, esta es realmente gigante y me impresiona su tamaño. ¿Qué hace una cucaracha hoy ahí? Sé que salen del desagüe y seguro que hoy fumigaron el edificio y otra vez yo me quedé dormida y no le abrí al señor. No recuerdo haber visto un cartelito en el ascensor avisando de la desinfección del jueves 8:30 hs. Aunque creo sí recordar entre sueños que sonaban los múltiples timbres del edificio, incluyendo el mío. No me habré podido levantar, como siempre. Cuándo se da esta situación (la mitad de las veces que se fumiga yo no abro), las  cucarachas de los departamentos aledaños, huyendo del exterminio, convergen todas en mi casa que está libre de insecticidas. Comandadas por su instinto de supervivencia, las cucarachas mueven sus patas inquietas, y mediante el mecanismo de prueba y error, luego de probar múltiples caminos alternativos, huelen el más favorable y se guían así hacia una zona segura: mi casa.

Con tristeza voy por el Raid y rocío al insecto incansable.  Le echo mucha cantidad porque temo que por su gran tamaño resista. Ya he visto muchas veces cómo cucarachas supuestamente muertas y tiradas al tacho de basura, aparecen al otro día a tres metros del cesto arrestándose fuera de la cocina. Como siempre persistiendo.

Finalmente, el sistema nervioso de la bicha se paraliza y deja de responderle, sus patas atáxicas se agitan. La cuca trastabilla. Mientras la observo agonizante,  su cuerpo de carey sobre un fondo blanco, me doy cuenta que respeto mucho su actitud. Admiro esa tenacidad, en cucarachas y en hombres, de probar y probar para llegar a una meta, guiados por una fuerza que los transciende, sea instinto o sea anhelo. Justo en un día como hoy, de esos en los que no puedo ni lavar un plato, ni  caminar dos cuadras para pagar los impuestos, ni sacar la basura, ni sacarme el pijama, ni nada de nada, aparece en mi baño ese ejemplo de templanza.  ¿Qué es la vida sino la tendencia hacia la concreción de un proyecto? La vida, en su mínima expresión, la vida de una bacteria, de un bicho o mamífero y de un hombre que más o menos funciona en este sentido, es la búsqueda de un objetivo. Sean proyectos darwinianos-evolucionistas o sartreanos-existencialistas, la realización del ser es el ir haciendo-para-alcanzar. Ir haciendo para sobrevivir a toda costa como las cucarachas, ir haciendo para lograr el sentido de la existencia para el hombre; pero siempre ir haciendo.
Ella ya se agita menos. Creo que es hembra, porque leí una vez que los machos siempre son más pequeños y pueden volar. También leí que la cucaracha puede vivir sin cabeza una semana porque el cerebro lo tiene en el cuerpo, y que finalmente mueren de hambre y de sed por no poder ingerir a falta de boca. Admirable. Decido preparar algo para comer antes de recogerla porque no quiero agarrarla mientras sacude sus patas. Quiero que antes esté bien muerta. Así de paso, le doy el visto bueno a una postergación más en mi día: después junto a la cuca.

En mi heladera de mujer seudoadulta que vive sola y que no tiene esa alegría de vivir que se observa en otras especies humanas y animales, hay muy pocas cosas. Un bol con zapallo hervido junto a una botella de agua y una media manzana en un platito; dos huevos en la huevera; envases de kétchup y mostaza con las etiquetas humedecida, un frasco con semillas molidas. En el freezerhay una milanesa de soja solitaria, rodeada de gruesas paredes de hielo. No tengo ganas de comer nada de eso, pero tengo hambre. Pienso que la cucaracha nunca se encuentra con estas vacilaciones de la satisfacción del hombre “civilizado”. La tensión displacentera que le produce el hambre, la impulsa como a una flecha efectiva y vibrante de vida hacia su objeto alimenticio. En cambio, yo con mi humanidad estúpida vacilo desganada ante la heladera.

Sé que ellas comen cualquier cosa. Una vez de más chica, tomábamos una cerveza en un bar con unas amigas, y de repente apareció una gran cucaracha en la pared contigua a nuestra mesa. Yo agarré una papa frita tipo snack y la acerqué al bicho. Éste, para mi sorpresa y la repulsión de mis amigas, comenzó a comer. Pero no comenzó tímidamente por un borde, sino que primero se posó sobre la papa frita redonda, de aproximadamente cinco centímetros de diámetro,  y con su mandíbula fue creando un agujero desde el centro hacia los bordes. Increíble.

Pongo la milanesa de soja sobre la plancha a fuego mínimo para que se descongele pero no se arrebate y así me da tiempo para condimentar un poco el zapallo, sacar un plato y los cubierto y servir un poco de agua de la heladera. Ya son las cuatro de la tarde y hace calor. Pienso en todas las cosas que no hice el día de hoy, en todas las tareas que pudiese haber adelantado si fuera una persona humilde, responsable, adulta y bien adaptada. Dicen los sabiondosnew age que una buena vida se construye con valentía, fe y optimismo. Estoy de acuerdo, pero no me sale.  Sería valiente, tendría fe y sería optimista si tuviese un objeto de deseo claro antes mis ojos, una meta, un objetivo.
La comida está lista. Como frente a la computadora viendo un documental sobre insectos supervivientes y guerreros: abejas y hormigas. Rápidamente me termino el plato. Es hora de bañarme.

En la bañera yace la cucaracha patas para arriba, con sus largas antenas  de la misma longitud que su cuerpo, extendidas y mojadas. Con un bollo grande de papel higiénico la levanto. Del bollo blanco sobresalen sus finas antenas, no hay rastros de vida. Aprieto sostenidamente el botón de descarga para que la correntada se lleve todo. Cuando se corta el flujo de agua me aseguro que no queden rastros del ser de la cucaracha. El agua se la llevó para siempre.  Fué una cucaracha que murió en su ley, con una vida sencilla guiada por los principios básicos del placer y del dolor. Nada de ambigüedades, nada de vacilación. Mientras estoy bajo el agua refrescante de la ducha con los ojos cerrados, me siento un poco más alegre y llego a la conclusión de que alcanzaría cierto bienestar existencial si pongo como objetivo de mi vida ser cada vez menos humana y más cucaracha.

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